El silencio no es paz, es asco
La ciudad seguía su rutina de mierda.
Colectivos llenos de zombies, pantallas brillando como ojos vacíos,
y toda esa gente hablando de “buenas vibras” mientras pisan a otros sin mirar.
Y él ahí.
Con el cuerpo roto, la mente hecha aserrín
y una montaña de frases cojudas que le quisieron clavar en la espalda como si fueran colchitas tibias.
“Eres fuerte.”
“Todo va a mejorar.”
“Tienes que ponerle onda.”
Váyanse a la concha de su madre.
La fuerza no existe.
La fuerza es una excusa para que los sanos se sientan bien.
Y mientras todos jugaban a la vida,
él planeó lo suyo en silencio.
Sin lágrimas.
Sin palabras.
Sin final Disney.
No mató por venganza.
No mató por justicia.
Lo hizo porque alguien tenía que desaparecer,
y esa basura había respirado de más.
Fue quirúrgico.
Fue limpio.
Fue necesario.
Y nadie se enteró.
Porque el mundo no presta atención a lo que importa.
Le teme a lo real.
Ahora hay uno menos, sí.
Pero también hay uno que no se calló más.
Uno que no pide perdón por pensar en arrasar con todo.
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