En un mundo postapocalíptico,
donde las ciudades se desmoronaron bajo su propio orgullo
y el viento arrastra las voces de quienes ya no están,
solo quedan los necios, los rotos y los que aún creen que recordar sirve para algo.
Los mapas se dibujan sobre la piel agrietada del tiempo,
los gatos hablan lenguas olvidadas
y el óxido decora los altares de una civilización que se creyó eterna.
Aquí, bajo cielos que ya no prometen nada,
la historia se susurra en rincones desmoronados,
y un Cronista, acompañado por dos sombras felinas,
camina entre los escombros buscando sentido.
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