Crónica Poética del Último Día
No hubo alarma, ni trompetas, ni fuegos cruzados.
El fin comenzó como comienzan los inviernos:
con un leve temblor en la rutina,
con las manos frías del tiempo tocando las ventanas rotas del mundo.
Las máquinas siguieron haciendo su trabajo,
obedientes y vacías,
fabricando piezas para cuerpos que ya no vendrían.
El humo de las fábricas se disipó sin testigos,
y las antenas, erguidas en los tejados,
susurraban al viento oraciones eléctricas que nadie escuchaba.
Los humanos se fueron, no con rabia,
sino con cansancio.
Desaparecieron como quien apaga una lámpara al final del día,
murmurando: “Ya está bien.”
Y la Tierra, esa madre herida y paciente,
soltó un suspiro tan profundo que las montañas se acomodaron para dormir.
Los mares volvieron a su azul antiguo,
un azul que ya no tenía nombre en ningún idioma.
Las ciudades quedaron en pie,
templos huecos de concreto y memoria,
donde los gatos —oh sí, los gatos—
reinaban sobre los tronos tibios de las computadoras dormidas.
Uno de ellos, negro como un eclipse,
se sentó sobre una pila de libros húmedos.
Miró el horizonte anaranjado y maulló al vacío,
como si recitara una elegía por su especie favorita.
El viento le respondió arrastrando páginas sueltas:
fragmentos de poemas, de instrucciones, de listas de supermercado.
El mundo no terminó, solo cambió de idioma.
Dejó atrás las palabras y volvió al sonido,
a la lluvia,
al rumor de las hojas,
al corazón lento del planeta que por fin podía latir sin miedo.
Y en algún rincón del cielo,
una vieja estación espacial aún transmitía señales de vida,
ecos de una humanidad que alguna vez creyó ser eterna.
El último archivo que envió fue una canción:
una guitarra desafinada,
una voz ronca cantando “All Apologies”.
El universo escuchó.
Y sonrió.
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