Hoy fui al hospital listo para que por fin me metan cuchillo y me dejen como nuevo —o al menos menos roto.
Pero no: me recibieron con esa sonrisa de “mala suerte, campeón”,
y me dijeron que la operación se pospone.
Otra vez.
La fecha ahora es tan incierta como mi fe en el sistema de salud.
Antes tienen que revisarme el neurólogo y el psiquiatra.
Perfecto.
Uno para ver si mis neuronas hacen contacto,
el otro para confirmar que todavía no he perdido la cordura… del todo.
A este ritmo, me van a dar diploma por sobrevivir a la espera.
Y como si la vida quisiera subir la apuesta,
me avisan que ya no es una cirugía, sino dos:
hernia y vesícula.
Un combo macabro: “te abrimos, ya que estamos seguimos, y si encontramos algo más lo sacamos”.
Así que aquí sigo, con mi cuerpo en huelga y el hospital jugando a la ruleta rusa con las fechas.
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